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Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.400 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 23 viajes para llevar tantas personas.

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Jacques el Fatalista

Es la historia de la vaina y el cuchillito. Un día, la Vaina y el cuchillito se pusieron a discutir, el cuchillito le dijo a la Vaina: <<Vaina, amiga mía, sois una bribona, porque todos los días recibís a nuevos Cuchillitos>>… La Vaina le contestó al Cuchillo: <<Cuchillito, amigo mío, sois un bribón porque todos los días cambiáis de Vaina>>… -Vaina, no es esto lo que me habíais prometido… -Cuchillito, habéis sido el primero en engañarme… Esta disputa había surgido en la mesa. El que estaba sentado entre la vaina y el cuchillo, tomó la palabra y les dijo: <<Vos, Vaina, y vos, Cuchillito, hicisteis bien cambiando, puesto que el cambio os placía, pero cometisteis un error al prometeros que no cambiaríais. Cuchillito, ¿no veías que Dios te hizo para ir bien a distintas Vainas? Y tú, Vaina, para recibir a más de un cuchillito? Os parecían locos ciertos Cuchillos que hacía voto de prescindir de las Vainas bajo pena de cometer una grave falta, y locas ciertas Vainas que hacían voto de cerrarse a todos los Cuchillos; y no pensabais que estabais casi tan locos cuando jurabais, tú, Vaina, contentarse con un solo cuchillo y tú, Cuchillo, de contentarte con una sola Vaina>>.

Denis Diderot

En el culo del mundo

Mangando, Marimbanguengo, Bimbe y Caputo: en Mangando y Marimbanguengo el ejército estacionado tiritaba por el paludismo y la congoja, los soldados semidesnudos se tambaleaban en medio del calor insoportable de la caserna, mareados por el tufo del sudor y de los cuerpos sin lavar como los alientos nauseabundos de los cadáveres, si nos inclinamos sobre ellos esperando las tristes palabras descompuestas que los muertos legan a los vivos en un borboteo de sílabas informes. En Mangando y Marimbanguengo, vi la miseria y la maldad de la guerra, la inutilidad de la guerra en los ojos de pájaros heridos de los militares, en su desaliento y en su abandono, el alférez con pantalones cortos tirado sobre la mesa, perros vagabundos lamiendo restos en la parada, la bandera pendiente de su mástil idéntica a un pene sin fuerza, vi a hombres de veinte años sentados a la sombra, en silencio, como los viejos en los parques, y dije al furriel enfermero, que se desinfectara la rodilla con mercromina. Es imposible que un día de éstos no se arme un jaleo, porque, no sé si lo sabe, cuando hombres de veinte años se sientan así a la sombra, en un desamparo tan completo, algo inesperado y extraño y trágico ocurre siempre, hasta que llegaron para informarme por radio Un tipo se pegó un tiro en Mangando, y yo corrí hacia el coche donde la escolta me aguardaba aún preparándose, y fuimos a trompicones hacia el norte por el sendero que la lluvia había destruido.

Es raro que le hable de esto mientras le toco los senos, le recorro el vientre, busco con los dedos la juntura húmeda de los muslos donde comienza el mundo realmente, porque desde las piernas de mi madre divisé por primera vez, con órbitas recientes como monedas nuevas, el universo susurrado y extraño de los adultos, su inquietud y su prisa. Es raro que le hable de esto en Lisboa, en esta habitación forrada de papel con flores que una novia eligió antes de esfumarse, de desaparecer de mi vida tan repentina y oblicuamente como vino y dejarme en las tripas una especie de herida que aún me duele cuando la toco, en esta habitación desde donde se ve el río, las luces de Almada y de Barreiro, el grueso azul fosforescente del agua. Tan raro, ¿entiende?, que me pregunto a veces si la guerra acabó de verdad o aún sigue, en algún de mí, con sus nauseabundos olores a sudor y a pólvora y a sangre, sus cuerpos desarticulados, sus ataúdes que me aguardan. Pienso que cuando me muera el África colonial volverá a mi encuentro, y buscaré en vano, en el nicho del dios Zumbi, los ojos de madera que no hay, que veré de nuevo el cuartel de Mangando disolviéndose en el calor, los negros de barracón a los lejos, el mango de la pista de aterrizaje gesticulando sarcásticamente para nadie. De nuevo será de noche y me apearé de la camioneta camino del puesto de socorro, donde el tipo sin rostro agoniza, iluminado por la lámpara de petróleo que un cabo sostiene a la altura de la cabeza y contra la que se deshacen los insectos con un ruidito quitinoso de torreznos.

El tipo sin rostro agoniza en medio de una agitación incontrolable, amarrado a la cama de hierro que oscila y vibra y parece deshacerse en cada una de sus sacudidas, gimiendo por la lepra de óxido de la juntas. Hocicos curiosos acechan desde las ventanas, un grupo se arracima en la puerta para presenciar, fascinado y presa del pánico, la sangre y la saliva que borbotan de la garganta inexistente, los sonidos indefinibles que emite lo que queda de nariz, los ojos que la pólvora reventó como huevos cocidos que estallan. Las ampollas de morfina sucesivamente inyectadas en el deltoides parecen espolear cada vez más al cuerpo amarrado que se revuelve y retuerce, y que la lámpara de petróleo multiplica en las paredes en sombras que confluyen, se sobreponen y se alejan, formando una danza frenética de manchas en la geometría sucia del estuco. Me apetece abrir la puerta de golpe, abandonarlo, salir de allí, tropezar al azar, aquí fuera, con los perros del cuartel y con los niños asombrados que se nos aferran a las piernas, respirar el algodón húmedo del aire de África, sentarme en los escalones de una vieja casa de colono, con las manos en el mentón, vacío de indignación, de remordimiento, de piedad, recordando los iris color hierba de mi hija en las fotografías que desde Lisboa me mandan por correo, e imaginarme custodiando su sueño, inclinado sobre las ropas de su cuna con un desvelo conmovido. Los grillos de Mangando llenan la noche de ruidos, un dilatado y grave sonido continuo sube de la tierra y canta, los árboles, los arbustos, la milagrosa flora de África se desprende del suelo y flota, libre, en la atmósfera espesa de vibraciones y de susurros, el tipo amarrado a la cama agoniza a un metro de mí a la manera de las ranas crucificadas en las planchas de corcho del instituto, le introduzco ampolla tras ampolla en los músculos del brazo, y querría estar a trece mil kilómetros de allá, custodiando el sueño de mi hija sobre las ropas de su cuna, querría no haber nacido para observar aquello, la idiota y colosal inutilidad de aquello, querría estar en Paris y haciendo revoluciones de café, o doctorándome en Londres y hablando de mi país con la ironía horriblemente provinciana de Eca, hablar de la chusma de mi país para amigos ingleses, franceses, suizos, portugueses, que no hayan experimentado en la sangre el vivo y punzante miedo a morir, que nunca hayan visto cadáveres destrozados por minas o por balas.

El capitán de gafas blandas repetía en mi cabeza La revolución se hace por dentro, y yo miraba al soldado sin cara reprimiendo los vómitos que me crecían en la barriga, y me apetecía estudia Economía, o Sociología, o cualquier jodida carrera en Vincennes, esperar tranquilamente, desdeñando mi tierra, que los asesinados la liberasen, que los machacados de Angola echasen a la escoria cobarde que esclavizaba mi tierra, y regresar sardónico, transportando en la maleta de los libros la sagacidad fácil de la última verdad de papel.

Mangando, Marimbanguengo, Bimbe y Caputo: el tipo se inmovilizó por fin en un estremecimiento postrero, lo que quedaba de la garganta detuvo su borboteo ansioso, el cabo de la lámpara de petróleo dejó caer el brazo y las sombras se extendieron en la tarima con una vergüenza de cachorros, súbitamente inmóviles. Nos quedamos mucho tiempo contemplando el cadáver ahora en sosiego, las manos blandamente hundidas en los muslos, las botas que me parecían dilatadas con un relleno de paja, quietas en la placa de hierro blanco, mal pintada, de la cama. Los que acechaban por la ventana desaparecieron de los cristales en dirección a la caserna, el pequeño grupo apiñado se disolvió despacio en medio de un murmullo indistinto, y yo, no sé si me entiende, habría dado el culo para estar lejos de allí, lejos del tipo muerto que mudamente me acusaba, lejos de las ampollas de morfina que se amontonaban, vacías, en el cubo de los esparadrapos, en medio de la venda, del algodón, de las compresas, estar en París explicando en el café cómo se combate el fascismo, estar en Londres catequizando con Marcuse las piernas de una inglesa deslumbrada, estar en Benfica tocando levemente, con el dedo, la frente de mi hija que dormía, leyendo a Salinger frente a las cortinas abiertas sobre la higuera del patio, donde la noche se enredaba como mis manos torpes enredaban las madejas de lana de mis tías…

António Lobo Antunes

En el culo del mundo

En Sonora tiran 3 mil litros de leche al día

HOMBRE UNIDIMENSIONAL IV

La sociedad de movilización total, que se configura en las áreas más avanzadas de la civilización industrial, combina en una unión productiva elementos del Estado de Bienestar y el Estado de Guerra. Comparada con sus predecesoras, es en verdad “una nueva sociedad”. Los tradicionales aspectos problemáticos están siendo eliminados o aislados, los elementos perturbadores dominados. Las tendencias principales son conocidas: concentración de la economía nacional en las necesidades de las grandes empresas, con el gobierno como una fuerza estimulante, de apoyo y algunas veces incluso de control; sujeción de esta economía a un sistema a escala mundial de alianzas militares, convenios monetarios, asistencia técnica y modelos de desarrollo; gradual asimilación de la población de “cuello blanco” y los trabajadores manuales, de los métodos de dirección en los negocios y en el trabajo, de las diversiones y las aspiraciones en las diferentes clases sociales; mantenimiento de una armonía preestablecida entre la enseñanza y los objetivos nacionales; invasión del hogar privado por la proximidad de la opinión pública, abriendo la alcoba a los medios de comunicación de masas.

En la esfera política, esta tendencia se manifiesta en una marcada unificación o convergencia de los opuestos. El bipartidismo en la política exterior cubre los intereses competitivos de los grupos mediante la amenaza del comunismo internacional, y se extiende a la política doméstica, donde los programas de los grandes partidos son cada vez más difíciles de distinguir, incluso en el grado de hipocresía y en los tópicos empleados. Esta unificación de los opuestos, gravita sobre las posibilidades de cambio social en el sentido de que abarca aquellos estratos sobre cuyas espaldas progresa el sistema; esto es, las propias clases cuya existencia supuso en otro tiempo la oposición al sistema como totalidad.

Los antiguos conflictos dentro de la sociedad son modificados y juzgados bajo el doble (e interrelacionado) impacto del progreso técnico y el comunismo internacional. Las luchas de clases se atenúan y las “contradicciones imperialistas” se detienen ante la amenaza exterior. Movilizada contra esta amenaza, la sociedad capitalista muestra una unión y una cohesión internas desconocidas en las etapas anteriores de la civilización industrial. Es una cohesión que descansa sobre bases muy materiales; la movilización contra el enemigo actúa como un poderoso estímulo de la producción y el empleo, manteniendo así el alto nivel de vida.

Sobre estas bases se levanta un universo de administración en el que las depresiones son controladas y los conflictos estabilizados mediante los benéficos efectos de la creciente productividad y la amenazadora guerra nuclear.

En el capitalismo avanzado, la racionalidad técnica se encierra, a pesar de su irracionalidad, en el aparato productivo. Esto se aplica no sólo a las instalaciones mecanizadas, las herramientas y la explotación de los recursos, sino también a la forma de trabajo como adaptación y manejo del proceso mecanizado, organizado según la “gestión científica”. Ni la racionalización ni la socialización alteran por si mismas este aspecto material de la racionalización tecnológica; al contrario, la última constituye una condición previa para el desarrollo socialista de todas las fuerzas productivas.

En la medida en que el aparato técnico establecido abarca la existencia pública y privada en todas las esferas de la sociedad – es decir, llega a ser el medio de control y cohesión en un universo político que incorpora a las clases trabajadoras-, el cambio cualitativo implicará en ese grado un cambio en la estructura tecnológica misma y este cambio presupone que las clases trabajadoras están enajenadas de este universo en su misma existencia, que su conciencia es la de la total imposibilidad de seguir existiendo en este universo, de forma que la necesidad de un cambio cualitativo es un asunto de vida y muerte. Así, la negación existe antes que el cambio mismo, la idea de que las fuerzas históricas liberadoras se desarrollan dentro de la sociedad establecida es un punto clave de la teoría marxista. Pero precisamente esta nueva conciencia, este “espacio interior”, el espacio de la práctica histórica trascendente, el que está siendo anulado por una sociedad en la que tanto los sujetos como los objetos constituyen instrumentos en una totalidad que tiene su raison d´etre en las realizaciones de su todopoderosa productividad. Su promesa suprema es una vida cada vez más confortable para un número cada vez mayor de gentes que, en un sentido estricto, no pueden imaginar un universo del discurso y la acción cualitativamente diferente, porque la capacidad para contener y manipular los esfuerzos y la imaginación subversivos es una parte integral de la sociedad dada.

Aquellos cuya vida es el infierno de la sociedad opulenta son mantenidos a raya con una brutalidad que revive las prácticas medievales y modernas. En cuanto a otros, menos desheredados, la sociedad se ocupa de su necesidad de liberación, satisfaciendo las necesidades que hacen la servidumbre agradable y quizá incluso imperceptible, y logra esto dentro del proceso de producción mismo. Bajo este impacto, las clases trabajadoras en las zonas avanzadas de la civilización industrial están pasando por una transformación decisiva, que ha llegado a ser el objeto de una vasta investigación sociológica. Enumeraré los principales factores de esa transformación:

La mecanización está reduciendo cada vez más la cantidad e intensidad de energía física gastada en el trabajo. La cada vez más completa mecanización del trabajo en el capitalismo avanzado, al tiempo que mantiene la explotación, modifica la actitud y el statu de los explotados. Dentro de la organización tecnológica, el trabajo mecanizado en el que reacciones automáticas y semiautomáticas llenan la mayor parte (si no la totalidad) del tiempo de trabajo sigue siendo, como una ocupación de toda la vida, una esclavitud agotadora, embrutecedora, inhumana; más agotadora aún debido al mayor ritmo de trabajo y control de los operadores de las máquinas (más bien que del producto) y al aislamiento de los trabajadores entre sí. Esta forma de esclavitud magistral no difiere en esencia de la que se ejerce sobre la mecanógrafa, el empleado de banco, el apremiado vendedor o vendedora y el anunciador de televisión. La uniformación y la rutina asimilan los empleos productivos y no productivos. El proletariado de las etapas anteriores del capitalismo era en verdad la bestia de carga, que proporcionaba con el trabajo de su cuerpo las necesidades y lujos de la vida, mientras vivía en la suciedad y en la pobreza. De este modo era la negación viviente de su sociedad. En contraste, el trabajador organizado en las zonas avanzadas de la sociedad tecnológica vive esta negación menos directamente y, como los demás objetos humanos de la división social del trabajo, está siendo incorporado a la comunidad tecnológica de la población administrada.

La tendencia hacia la asimilación se muestra en la estratificación ocupacional. En los establecimientos industriales clave, la proporción de trabajo manual declina en relación con la del elemento de “cuello blanco”; el número de trabajadores separados de la producción aumenta. Este cambio cuantitativo remite a un cambio en el carácter de los instrumentos básicos de la producción. En la medida en que la máquina llega a ser en sí misma un sistema de instrumentos y relaciones mecánicas y se extiende así mucho más allá del proceso individual de trabajo, afirma su mayor dominio reduciendo la “autonomía profesional” del trabajador e integrándolo con otras profesiones que sufren y dirigen el aparato técnico. Sin duda, la antigua autonomía “profesional” del trabajador era más bien su esclavitud profesional. Pero esta forma específica de esclavitud era al mismo tiempo la fuente de su poder específico profesional de negación: el poder de detener un proceso que amenazaba con aniquilarlo como ser humano. Ahora el trabajador va perdiendo la autonomía profesional, que le convirtiera en miembro de una clase separada de los demás grupos ocupacionales, porque encarnaba la refutación de la sociedad establecida.

Estos cambios en el carácter del trabajo y los instrumentos de producción modifican la actitud y la conciencia del trabajador, que se hace manifiesta en la ampliamente discutida “integración social y cultural”. La asimilación en necesidades y aspiraciones, en el nivel de vida, en las actividades de diversión, en la política, deriva de una integración en la fábrica misma, en el proceso material de producción. En la situación actual, los aspectos negativos de la automatización predominan: aumento del ritmo de trabajo, paro tecnológico, fortalecimiento de la posición directiva, mayor impotencia y resignación por parte de los trabajadores. Las posibilidades de promoción disminuyen conforme la dirección prefiere ingenieros y graduados universitarios. Sin embargo, hay otras tendencias. La misma organización tecnológica que establece una comunidad mecánica en el trabajo genera también una mayor interdependencia que integra al trabajador con la fábrica.

El nuevo mundo del trabajo tecnológico refuerza así un debilitamiento de la posición negativa de la clase trabajadora: ésta ya no aparece como la contradicción viviente para la sociedad establecida. Esta tendencia se fortalece por efecto de la organización tecnológica de la producción al otro lado de la barrera: en la gerencia y la dirección. La dominación se transforma en administración. Los jefes y los propietarios capitalistas están perdiendo su identidad como agentes responsables; están asumiendo la función de burócratas en una máquina corporativa. Dentro de la vasta jerarquía de juntas ejecutivas y administrativas que se extienden mucho más allá de la empresa individual hasta el laboratorio científico y el instituto de investigaciones, el gobierno nacional y el interés nacional, la fuente tangible de explotación desaparece detrás de la fachada de racionalidad objetiva. El odio y la frustración son despojados de su propósito específico y el velo tecnológico oculta la reproducción de la desigualdad y la esclavitud. Con el progreso técnico como su instrumento, la falta de libertad en el sentido de la sujeción del hombre a su aparato productivo se perpetúa e intensifica bajo la forma de muchas libertades y comodidades. El aspecto nuevo es la abrumadora racionalidad de esta empresa irracional, y la profundidad del condicionamiento previo que configura los impulsos instintivos y aspiraciones de los individuos y oscurece la diferencia entre conciencia falsa y verdadera. Porque en realidad, ni la utilización de controles administrativos más que físicos (el hambre, la dependencia personal, la fuerza), ni el cambio de carácter en el trabajo pesado, ni la asimilación de las clases ocupacionales, ni la nivelación en la esfera de consumo, compensan el hecho de que las decisiones sobre la vida y la muerte, sobre la seguridad personal y nacional se toman en lugares sobre los que los individuos no tienen control. Los esclavos de la sociedad industrial desarrollada son esclavos sublimados, pero son esclavos, porque la esclavitud está determinada no por la obediencia, ni por la rudeza del trabajo, sino por el status de instrumento y la reducción del hombre al estado de cosa.

Ésta es la forma más pura de servidumbre: existir como instrumento, como cosa. Y este modo de existencia no se anula si la cosa es animada y elige su alimento material e intelectual, si no siente su “ser cosa”, si es una cosa bonita, limpia, móvil. A la inversa, conforme la reificación tiende a hacerse totalitaria gracias a su forma tecnológica, los mismos organizadores y administradores se hacen cada vez más dependientes de la maquinaria que organizan y administran. Y esta dependencia mutua ya no es la relación dialéctica entre señor y siervo, que ha sido rota en la lucha por el reconocimiento mutuo, sino más bien un círculo vicioso que encierra tanto al señor como al esclavo.

Herbert Marcuse

El hombre unidimensional

 

HOMBRE UNIDIMENSIONAL III

Los que hacen la política y sus proveedores de información de masas promueven sistemáticamente el pensamiento unidimensional. Su universo del discurso está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesantemente y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados. Por ejemplo, “libres” son las instituciones que funcionan (y que se hacen funcionar) en los países del mundo libre; otros modos trascendentes del libertad son por definición el anarquismo, el comunismo o la propaganda. “Socialistas” son todas las intrusiones en empresas privadas no llevadas a cabo por la misma empresa privada (o por contratos gubernamentales), tales como el seguro de enfermedad universal y comprensivo, la protección de los recursos naturales contra una comercialización devastadora, o el establecimiento de servicios públicos que puedan perjudicar el beneficio privado.

El punto de vista operacional y behaviorista, practicado en general como “hábito del pensamiento” se convierte en el modo de ver del universo establecido del discurso y la acción, de necesidades y aspiraciones. La “astucia de la razón” opera, como tantas veces lo ha hecho, en interés de los poderes establecidos. La insistencia en conceptos operacionales y behaviorista se vuelve contra los esfuerzos por liberar el pensamiento y la conducta de una realidad dada y por las alternativas suprimidas. La razón teórica y la práctica, el behaviorismo académico y social vienen a encontrarse en un plano común: el de la sociedad avanzada que convierte el progreso científico y técnico en un instrumento de dominación. “Progreso” no es un término neutral; se mueve hacia fines específicos, y estos fines son definidos por las posibilidades de mejorar la condición humana. La sociedad industrial avanzada se está acercando al estado en que el progreso continuo exigirá una subversión radical de la organización y dirección predominante del progreso. Esta fase será alcanzada cuando la producción material (incluyendo los servicios necesarios) se automatice hasta el punto en que todas las necesidades vitales puedan ser satisfechas mientras que el tiempo de trabajo necesario se reduzca a tiempo marginal. De este punto en adelante, el progreso técnico trascenderá el reino de la necesidad, en el que servía de instrumento de dominación y explotación, lo cual limitaba por tanto su racionalidad; la tecnología estará sujeta al libre juego de las facultades en la lucha por la pacificación de la naturaleza y de la sociedad. “Pacificación de la existencia” quiere decir el desarrollo de la lucha del hombre con el hombre y con la naturaleza, bajo condiciones en que las necesidades, los deseos y las aspiraciones competitivas no estén ya organizadas por intereses creados de dominación y escasez, en una organización que perpetúa las formas destructivas de esta lucha.

La presente lucha contra esta alternativa histórica encuentra una firme base en la población subyacente, y su ideología en la rígida orientación de pensamiento y conducta hacia el universo dado de los hechos. Justificado por las realizaciones de la ciencia y la tecnología, por su creciente productividad, el statu quo desafía toda trascendencia. Ante la posibilidad de pacificación en base a sus logros técnicos e intelectuales, la sociedad industrial madura se cierra contra esta alternativa. El operacionalismo en teoría y práctica, se convierte en la teoría y práctica de la contención. Por debajo de su dinámica aparente, esta sociedad es un sistema de vida completamente estático: se autoimpulsa en su contención del progreso técnico va del brazo con su crecimiento en la dirección establecida. A pesar de las cadenas políticas impuestas por el statu quo, mientras más capaz parezca la tecnología de crear las condiciones para la pacificación, más se organiza el espíritu y el cuerpo del hombre en contra de esta alternativa.

Las áreas más avanzadas de la sociedad industrial muestran estas dos características: una tendencia hacia la consumación de la racionalidad tecnológica y esfuerzos intensos para contener esta tendencia dentro de las instituciones establecidas. Aquí reside la contradicción interna de esta civilización: el elemento irracional en su racionalidad. Es el signo de sus realizaciones. La sociedad industrial que hace suya la tecnología y la ciencia se organiza para el cada vez más efectivo dominio del hombre y la naturaleza, para la cada vez más efectiva utilización de sus recursos. Se vuelve irracional cuando el éxito de estos esfuerzos abre nuevas dimensiones para la realización del hombre. La organización para la paz es diferente de la organización para la guerra; las instituciones que prestaron ayuda en la lucha por la existencia no pueden servir para la pacificación de la existencia. La vida como fin difiere cualitativamente de la vida como medio.

El cambio cualitativo implica también un cambio en la base técnica sobre la que reposa esta sociedad; un cambio que sirva de base a las instituciones políticas y económicas a través de las cuales se estabiliza la “segunda naturaleza” del hombre como objeto agresivo de la industrialización son técnicas políticas: como tales, prejuzgan las posibilidades de la razón y de la libertad.

Al llegar a este punto, la dominación –disfrazada de opulencia y libertad- se extiende a todas las esferas de la existencia pública y privada, integra toda oposición auténtica, absorbe todas las alternativas. La racionalidad tecnológica revela su carácter político a medida que se convierte en el gran vehículo de un dominación más acabada, creando un universo verdaderamente totalitario en el que sociedad y naturaleza, espíritu y cuerpo, se mantienen en un estado de permanente movilización para la defensa de este universo.

Herbert Marcuse

El hombre unidimensional

HOMBRE UNIDIMENSIONAL II

El concepto de alineación parece hacerse cuestionable cuando los individuos se identifican con la existencia que les es impuesta y en la cual encuentran su propio desarrollo y satisfacción. Esta identificación no es ilusión, sino realidad. Sin embargo, la realidad constituye un estadio más avanzado de la alienación. Ésta se ha vuelto enteramente objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada. Hay una sola dimensión que está por todas partes y en todas las formas. Los logros del progreso desafían tanto la denuncia como la justificación ideológica: ante su tribunal, la “falsa conciencia” de su racionalidad se convierte en la verdadera conciencia.

Esta absorción de la ideología por la realidad no significa, sin embargo, el “fin de la ideología”. Por el contrario, la cultura industrial avanzada es, en un sentido específico, más ideológica que su predecesora, en tanto que la ideología se encuentra hoy en el propio proceso de producción. Bajo una forma provocativa, esta proposición revela los aspectos políticos de la racionalidad tecnológica predominante. El aparato productivo, y los bienes y servicios que produce, “venden” o imponen el sistema social como un todo. Los medios de transporte y comunicación de masas, los bienes de vivienda, alimentación y vestuario, el irresistible rendimiento de la industria de las diversiones y de la información, llevan consigo hábitos y actitudes prescritas, ciertas reacciones emocionales e intelectuales que vinculan de forma más o menos agradable los consumidores a los productores y, a través de éstos, a la totalidad. Los productos adoctrinan y manipulan; promueven una falsa conciencia inmune a su falsedad. Y a medida que estos productos útiles son asequibles a más individuos en más clases sociales, el adoctrinamiento que llevan a cabo deja de ser publicidad; se convierten en modo de vida. Es un buen modo de vida –mucho mejor que antes-, y en cuanto tal se opone al cambio cualitativo. Así surge el modelo de pensamiento y conducta unidimensional en el que ideas, aspiraciones y objetivos que trascienden por su contenido el universo establecido del discurso y la acción, son rechazados o reducidos a los términos de este universo. La racionalidad del sistema dado y de su extensión cuantitativa da una nueva definición a estas ideas, aspiraciones y objetivos.

Fuera del establishment académico, el “cambio de largo alcance en todos nuestros hábitos de pensar” es más serio. Sirve para coordinar ideas y objetivos con los requeridos por el sistema predominante para incluirlos dentro del sistema y rechazar aquellos que no son reconciliables con él. El dominio de tal realidad unidimensional no significa que reine el materialismo y que desaparezcan las ocupaciones espirituales, metafísicas y bohemias. Por el contrario, hay mucho de “oremos juntos esta semana”, “¿Por qué no pruebas a Dios?”, Zen, existencialismo y modos beat de vida. Pero estos modos de protesta y trascendencia ya no son contradictorios del statu quo y tampoco negativos. Son más bien la parte ceremonial del behaviorismo práctico, su inocua negación, y el statu quo los difiere prontamente como parte de su saludable dieta.

Herbert Marcuse

El hombre unidimensional

HOMBRE UNIDIMENSIONAL

La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades superimpuestas no establece la autonomía: sólo prueba la eficacia de los controles.

Nuestra insistencia en la profundidad y eficacia de esos controles está sujeta a la objeción de que le damos demasiada importancia al poder de adoctrinamiento de los mass-media, y de que la gente por sí misma sentiría y satisfaría las necesidades que hoy le son impuestas. Pero tal objeción no es válida. El precondicionamiento no empieza con la producción masiva de la radio y la televisión y con la centralización de su control. La gente entra en esta etapa ya como receptáculos precondicionados desde mucho tiempo atrás; la diferencia decisiva reside en la disminución del contraste (o conflicto) entre lo dado y lo posible, entre las necesidades satisfechas y las necesidades por satisfacer. Y es aquí donde la llamada nivelación de las distinciones de clase revela su función ideológica. Si el trabajador y su jefe se divierten con el mismo programa de televisión y visitan los mismos lugares de recreo, si la mecanógrafa se viste tan elegantemente como la hija de su jefe, si el negro tiene un Cadillac, si todos leen el mismo periódico, esta asimiliación indica, no la desaparición de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones que sirven para la preservación del “sistema establecido” son compartidas por la población subyacente.

Nos encontramos ante uno de los aspectos más perturbadores de la civilización industrial avanzada: el carácter racional de su irracionalidad. Su productividad y eficiencia, su capacidad de incrementar y difundir las comodidades, de convertir lo superfluo en necesidad y la destrucción en construcción, el grado en que esta civilización transforma el mundo-objeto en extensión de la mente y el cuerpo del hombre hace cuestionable hasta la noción misma de alienación. La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido.

Herbert Marcuse

“El hombre unidimensional”

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